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Hay dos elementos muy importantes a
tener en cuenta antes de comenzar la
degustación de una cerveza:
La temperatura a la que se sirve
y el vaso utilizado.
Una temperatura baja destruye los
aromas. Una cerveza de degustación
no tiene que estar, tampoco, demasiado
fría (a diferencia de la cerveza
llamada “para la sed” o pils). El
tipo de vaso también es muy
importante. Mientras degustamos la
cerveza, su forma y profundidad
tienen un efecto sobre el aroma.
En la degustación intervienen
tres sentidos. Por orden: la vista,
el olfato y el gusto.
También podemos hacer intervenir al
oído (apertura de la botella, la
cerveza que cae en el vaso, las
burbujas de espuma que estallan y
que podemos oír si acercamos el vaso
a la oreja…). Cuando miramos la
cerveza, hay que fijarse en tres
elementos: la espuma tiene que
adherirse a las paredes del vaso,
las burbujas tiene que ser pequeñas
y regulares y, por último, el color
tiene que ser brillante, excepto
para las cervezas de levadura como
por ejemplo la blanca.
A nivel del olfato, la cerveza
contiene más de 650 compuestos
aromáticos. Es necesario olerla, sin
moverla en el vaso, con el fin de
percibir el olor dominante. Después
podemos agitar el vaso de manera
circular para que libere los aromas
secundarios.
Cuando, por fin, la saboreamos,
debemos, en un primer momento,
comparar la diferencia entre la
espuma y el líquido. Una vez en la
boca, los sabores de base a
descubrir son: el azúcar (sobre la
punta de la lengua) la acidez (a los
lados de la lengua) y el amargor (en
el fondo de la lengua). La lengua
también permite hacerse una idea de
la densidad y la textura de la
cerveza. No hay que olvidar las
paredes de la boca, que perciben el
alcohol y el burbujeo. Después de
haber ingerido el trago, los sabores
de base se impregnan en la lengua y
se neutralizan más o menos
rápidamente. Es, en este momento,
cuando se puede, por fin, valorar el
amargor de la cerveza.
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